octubre 2006


Para los que estudian Matemáticas en México, en particular en la tres veces H.* Facultad de Ciencias de la UNAM, lo primero que les es enseñado es a omitir el sentido común de cualquier argumentación formal.

Así, para algunos, como el que aquí escribe, es muy fácil caer en la tentación de omitir el sentido común de cualquier argumentación/conversación punto. Esto al principio es muy gracioso y contagioso. Luego, como es de esperarse, se vuelve tedioso y fatigoso, tanto para el que habla, como para el que escucha. De este mal, sospecho, adolecen también los puristas del lenguaje (cosa a todas luces igual o peor de pedante).

En la vida diaria, en la comunicación dependemos enormemente del sentido común. Tenemos integrado un filtro de errores; igual que entendemos la letra de otras personas, entendemos lo que quisieron decir aunque hayan dicho otra cosa.

Para mí, un exadicto (quienes me conocen en persona no estarán tan seguros de que el calificativo ex- sea por demás preciso, ja ja) a no usar el sentido común, y en mi condición de adicto a notar las formas de las cosas, me resulta fascinante lo mucho que se trata de usar el mentado sentido.

Parte de mi fascinación radica en mi creencia en la veracidad del título de esta entrada. Siempre he sido un enemigo al uso del refrán popular de “Al buen entendedor, pocas palabras”. Nuestro amigo Omar alguna vez me dijo que el refrán es verdad pura. Tiene razón; el problema es que la gente se cree buena entendedora.

E pur si muove!ª Ma non troppoº, diría el charo. En mi [meta] eclecticismo, creo que si bien es cierto que la gente igual se entiende, no está demás procurar andar un poco con pies de plomo. Por eso apelo a la frase que da título y que me fue dicha por mi padre hace muchos años.

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* Decidid vosotras es significado de esto.

ª “Y sin embargo se mueve”, frase atribuida a Galileo Galilei.

º Término musical que quiere decir “pero no demasiado”.

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Me pregunto qué ocurre con el principio maquiavélico de que el fin justifica los medios ante la filosofía de que la forma también es contenido.

¿Realmente se contraponen las dos posturas?

EL VIENTO, EL TIEMPO
Luis Eduardo Aute
No se trata de hallar un culpable,
las historias no acaban porque alguien
escriba la palabra “fin”.
No siempre hay un asesino,
algunas veces toca morir…
lo que viene se va
como suele pasar
el viento, el viento.

Márchate si ha llegado la hora,
date prisa que, como ya sabes,
es muy impaciente el amor…
No malgastes ni un segundo
después de daría cuerda al reloj,
que un cumplido de más
no te vaya a robar
el tiempo, el tiempo.

Y no queda nada,
las espinas, las rosas
se las llevó
el viento, el tiempo…

Ahora sólo la vida te espera
con los brazos abiertos y el firme deseo
de hacerte feliz.
Puedes irte cuando quieras,
no hay muros que te impidan salir…
y no mires atrás
que te ya a despeinar
el viento, el viento.

Qué difícil decirte “hasta luego’
cuando no es el terror de perderte
este miedo a no verte jamás.
Ya no hay puntos suspensivos,
llegó el rotundo punto final…
cuando la soledad
sólo espera matar
el tiempo, el tiempo.

Leyendo el blog de una amiga, recordé algo que he traído en mente hace ya cierto tiempo.

Un profesor alguna vez nos dijo (supongo que citando/parafraseando a alguien más, pero soy suficientemente desidioso como para averiguar quién) que la forma también era contenido 

 

En lo personal, siempre me he interesado en la forma de las cosas, no tanto así en su uso u objetivo. En este sentido siempre he estado bastante alejado del pragmatismo que en ocasiones está muy de moda.

Cuando estudié Matemáticas en México, siempre viví bajo la idea de que el quehacer matemático estaba alejado del universo en cuanto a que una teoría matemática podía serlo sin estar amparada por el veredicto final de la naturaleza. Bien pronto me enseñaron a pensar en universos de muchas dimensiones (tres suele ser el número aceptado por todos como el que caracteriza a nuestro universo; los físicos dirán que cuatro -el tiempo- o que muchas más según sus teorías ‘de cuerdas’) sin poder dibujarlas y sin estremecerme.

También aprendí a pensar en cosas que no tienen dibujo (para luego descubrir que algunos locos sí les ven dibujitos), como el álgebra. Me enseñaron a pensar en infinitos más grandes que otros sin morir del susto. Y, para muestra mi ejemplo anterior, me enseñaron que todo está en las definiciones. Las cosas del mundo matemático son porque uno las define.

Pero no todo es entera libertad en dicho mundo. El fundamento teórico es una cosa llamada Teoría de Conjuntos (“Aus dem Paradies, das Cantor uns geschaffen, soll uns niemand vertreiben können.”), que espanta al más pinto; pero que es el equivalente matemático a nuestra querida Madre Natura. 

Tiempo después descubrí que mi percepción estaba alejada de la realidad. Mucha gente del medio se dedica a problemas de la física, de la biología, de la economía, etc. Pero no todos.

Yo soy de esos otros errabundos que no le hallan la música a la aplicación de las matemáticas. Hay días en que me siento solo, pero me aguanto.

 Como se habrán dado cuenta por entradas anteriores, lo mío es la forma.  La forma de las palabras, la forma del lenguaje, las formas sociales y, cómo no, las formas en matemáticas. Para mí, la forma es contenido y estoy dispuesto a sacrificar la fama (ja ja ja).

Si mis queridas lectoras quisieren tratar de imaginarme en mi trabajo, imaginen a un lingüista, filólogo, etc. que está en lo que él gusta llamar su cubículo aunque más parezca el cuarto de las escobas, en la parte más recóndita de alguna universidad de este mundo. Ahí, lo verán con muchos libros, interesado en porqué los verbos tal cosa, los adjetivos tal otra, las palabras se escriben de tal modo. Vive feliz buscando el órigen de las mismas y los cómo las usan los demás. (Quizá cuando salga de su cubículo tenga una esposa o varias, tome algunos tragos con sus amigos, etc….tampoco crean que soy un ermitaño!)

Alucinante.

Amettler, BYOB, Caves des Papes (Côtes-du-Rhône, 75cl) y un pastelito de chocolate (flourless).  La música, inapreciable.

Entonces llegó. Como en un  mensaje; justo cuando el tiempo parece ir particularmente más lentamente y se pueden recordar todos los detalles; “Es necesario que recuerdes hasta el más mínimo de los detalles”.  Horas después me quedó claro; así debía de suceder.

Así debía de suceder. El baile, la botella, el pastel, el metro, el encuentro, el Manhattan y as caipirinhas, el taxista despistado, la short blonde regañona, la familia y sus reencuentros, los artistas, el viaje a Brooklyn y Salvador Elizondo hijo platicando conmigo a las 3 de la mañana.

El regreso lo recuerdo bien.  Fue todo como un sueño.

(P.D. Por su propio lema, o te encuentras a Alfredito Hubard en el metro o no te lo encuentras.)