Mi abuelita nunca tuvo ruedas y tampoco fue bicicleta.

Piensen mis queridas lectoras en el siguiente experimento.

Todo comienza con una bonita y flamante bicicleta color rosa mexicano con motitas en amarillo, verde, azul, rojo y blanco. Es de montaña, con sus múltiples suspensiones y velocidades. Una preciosidad.

Ahora supongamos que el incauto poseedor de dicha varonil bicicleta la deja estacionada frente a su escuela (la estaciona en las rejillas destinadas para ello, encadenándola como Dios le dió a entender  -que, entre paréntesis, ¿qué manía de endilgarle a Dios todas las culpas?- y se fue a sus actividades escolares.

Al final del día, nuestro incauto personaje regresa para encontrar su preciosidad ultrajada. Estaba todo el cuerpo (ese sí intacto -bueno, inmaculado) y las ruedas (olvidé describirlas pero baste decir que eran el último grito de la moda y de la técnica) habían desaparecido (ahora no le echamos la culpa al nuestro Sumo Hacedor de cabecera, ¿verdad?) víctimas, presumiblemente, de un vulgar hurto.

 No es lugar ni mi interés discutir el hurto. La pregunta, como se me está volviendo costumbre, es: ¿Podemos aún llamar bicicleta a lo que fue dejado por los amantes de lo ajeno? Es algo que ya no tiene ruedas y que con ellas era llamado bicicleta; pero ya no las tiene, aunque tiene aún la capacidad de tenerlas.

Realmente no me importa si le llamamos bicicleta o no a aquello que lo fue y seguro lo volverá a ser una vez que nuestro personaje compre otras ruedas. Lo que me intriga -ciertamente no tanto como a mi padre- es lo que ocurre cuando transferimos esta historia a otra situación más personal.

¿Seguiría siendo yo yo a pesar de que en un accidente perdiere un diente, una pierna, un ojo, un dedo? ¿Si me quitan un riñón o medio estómago? ¿Es que mi esencia está en el cerebro? Puedo perder todo lo demás pero ahí estoy yo? ¿Qué tiene de especial el cerebro? ¿No es acaso también parte de mí ser mi brazo lleno de cicatrices de mi torpe andar en bicicleta? ¿Es que es ahí donde está el alma, en caso de existir una?

Creo que este rollo del ser no tiene mucho sentido ya que al final de cuentas, todos los días se mueren muchas de nuestras células y vamos continuamente renovando todos nuestros órganos, tejidos, etc. Es que quizá a aquello que llamamos yo y que imaginamos como aquello que reflejan los espejos -salvo, quizá, en el caso de los vampiros- y que recordamos haber sido le falta precisamente la componente del tiempo. No somos (o no sólo somos) nuestro cuerpo ahorita, sino que somos todos los estados de nuestro cuerpo desde la concepción hasta nuestra muerte. Eso tiene más sentido. ¿No lo creen?

 Esto tiene más complicaciones pero no vienen a cuento….

 ¡Muy feliz año! y perdón por el retraso en volver a escribir.