marzo 2007


Siempre he tratado de convencerme de que realmente soy una persona simple y sencilla; de que me gustan las cosas simples y sencillas. Ha sido una tarea casi imposible, pues en retrospectiva he descubierto que no soy tan así.

En ese delirio de pequeñez (o de grandeza pero al revés) sí he logrado convencerme de una cosa. Soy blanco fácil de las películas holliwood[i]enses. Es fácil que una película me guste; sobretodo si es cursi.

En cuanto a la música, siempre he sido bastante receptivo. Mucha gente (toda la que se me ocurre en este momento) a mi alrededor tiene opiniones bastante fuertes respecto a sus gustos musicales y sobretodo en cuanto a aquello que no les gusta—y que suelen automáticamente juzgar como de mala calidad. Yo no. Si bien sí tengo preferencia musicales marcadas, nunca he sentido que se me ulcere el estómago con algún tipo de música. Me gusta que la gente me cuente de lo que escucha y de lo que no escucha (sobretodo esto último). Me gusta tratar de entender porqué les desagrada tal o cual tipo de música.

Y he escuchado de todo. Hay algo que parece ser un común denominador: aquello que no les agrada lo describen como “Es que todo suena igual”. Y sí, el merengue suena a merengue, la salsa a salsa, el rock sesentero a rock sesentero, la clásica a clásica, la trova a trova, la norteña a norteña, el pop a pop, etc. Quizá son más específicos: “No me gusta Arjona porque todas sus canciones suenan igual”. Y bueno, sí: todas las canciones de Mägo de Oz suenan a Mägo de Oz; o las de Pearl Jam a Pearl Jam; o las de Fernando Delgadillo, Juan Luis Guerra, Bob Marley, The Strokes, Johann Sebastian Bach, Loituma, Stoa, Loreena McKennit, Alejandro Sanz, Apocalytica, Los Charchaleros, KT Tunstall, The Corrs, Oscar D’León, Los Tigres del Norte, Haggard, Pimpinela y tantos otros a sus respectivos intérpretes. Claro que sí. Supongo que es parte de lo que determina su estilo.

Y lo genial es que los defensores de cada uno de los anteriores verán solamente la paja en el ojo ajeno. Todo el Jazz suena igualito —como diría mi padre, ‘todos somos iguales, pero yo soy más igual que tú’—, tan igualito como todos los chinos son igualititos.

También hay argumentos pseudodoctos en los que cierto tipo de música no es música porque no hay armonía; la canción genérica es interpretada con cuatro acordes —del círculo de do, por supuesto. ‘En cambio Los pipipasseyros nerúdicos desvelados [por ponerles un nombre] sí que saben de armonía’. O bien que las letras de las canciones son pésimas. Y de nuevo: “En cambio Los pipipasseyros nerúdicos desvelados sí que saben escribir, cada frase es poesía”. Y aquí el argumento de lo poético puede ser cambiado por que ‘Los pipipasseyros nerúdicos desvelados sí tienen consciencia social’ o alguna otra argucia. El caso es que todos tienen razón.

Pero yo escucho a Julieta Venegas y me gustan algunas de sus canciones, ya la combinación de su dulce voz, con los acordeones, el ritmo de tambores o por la letra. Escucho a Bach para disfrutar de su derroche de perfección. Me gusta Schoenberg, Juan Luis Guerra, la salsa, el new age, el rock sesentero, el metal sinfónico, Los Beatles, algunos exponentes de la trova cubana, Café Tacvba, la fusión del jazz con cuanta cosa se les ocurra, el dance, la electrónica en general, el danzón, Bob Marley, la música folclórica, más un largo etcétera. Y cada uno de esos estilos me gusta por algo diferente. La letra puede ser mala pero si la composición completa ofrece algo, ya estuvo. La música puede ser simplona pero si la letra me llega, me basta. También hay cosas que me gustan por razones históricas —el más puro sentimentalismo—, políticas, hereditarias, doctrinarias, etc.

Y hasta aquí soy tan normal como el que más. Mi problema comienza cuando trato de pensar en algún tipo de música que no me guste. Hay momentos que no quiere escuchar cumbia porque el desgraciado güiro me cripa los nervios; pero en otras ocasiones se me antoja escuchar una buena cumbia colombiana. Lo mismo me pasa con el jazz enloquecido en el que una banda de octogenarios pasa media hora sin parar tocando algo que es completamente incomprensible —como incomprensible es que dichos octogenarios tengan tal fueza física—, pero en ocasiones uebos me es dicho enajenamiento. Y así podría describir todos y cada uno de los géneros.

En ocasiones me pregunto si mi eclecticismo —eufemismo por tibieza— no es sino otra manifestación más de cuán complicado soy. O todo lo contrario.

“¡Ojalá fueras frío o caliente! Así, porque eres tibio, y no frío ni caliente, estoy por vomitarte de mi boca.”
—Apocalipsis 3:16 (¡válgame numerología malsana!)

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 (Y en temas poco relacionados…)

Muy Feliz Cumpleaños, Gabo.