abril 2007


Muchos años después, frente al monitor de su computadora, el que aquí les escribe había de recordar aquella remota tarde en que él se encontraba en uno de tantos velorios a los que su tardía llegada a su familia le haría asistir…

Así es; en mi vida he asistido a más velorios que a bodas, bautizos, primeras comuniones y confirmaciones juntos. Eso no hizo sino que pronto tomara conciencia de lo trascendente que es la muerte para nuestra gregaria especie.

Todo comenzó con la enfermedad y muerte de mi abuela materna. Fue durísimo. Creo que, comparativamente, es el único hecho en mi vida que ha sido un hito. Todo lo mido como antes o después de su partida. Luego vinieron muchas muertes más, muchas muy dolorosas.

La muerte, y nuestros muertos, es algo que nos marca mucho más fuertemente que a otras especies. Para los citadinos como yo es aún más marcado pues no participamos del cotidiano matar para comer; aunque los noticiarios nos informen día con día de largas listas de accidentados, asesinados y demás.

La pérdida de un ser cercano conlleva, como consecuencia, varias experiencias interesantes. En la comunidad católica, y en la judía (así como en otras tradiciones), representa un largo período de duelo acompañado de un sinnúmero de ceremonias que parecieran estar encaminadas en parte a calmar el dolor pero también a exacerbarlo.

No contentos con eso, hay personas que requieren de ver físicamente a su difunto para ayudarse, presuntamente, con su dolor. Cuando murió Carol Wojtyla hubo una ceremonia majestuosa…de cuerpo presente. El cuerpo no estaba en una discreta cajita; tampoco estaba en una caja señorial. Los restos mortales del sumo estuvieron posados sobre una tabla, visibles por propios y extraños; más por extraños que por propios. No debemos olvidar ejemplos de quienes han sido disecados y expuestos por años para asombro de muchos.

Yo digo, ¿qué necesidá?

…Estaban él y su tío Ramón platicando plácidamente en el funeral de una sobrina carnal de Victoriano Huerta cuando el hermano de la difunta (y cuñado del tío) se acercó a ellos. No fue para menos el susto de ambos cuando se vieron llevados a la fuerza —esa maldita fuerza que enseñan las ‘buenas costumbres’— a acompañar al hermano de la difunta ante el féretro. Huelga decir todo lo no dicho con palabras pero expresado con profundas miradas entre el tío y el sobrino mientras el hermano de la difunta alababa lo hermosa y en paz que se veía la mentada (y esperamos que por fin en paz) difunta viejita.

Déjenme repetir: ¿qué necesidá?

Ya lo decía mi abuelita materna: “Muerta Jacinta, que la entierren”.

—a la memoria de Ramón Lavara.

Anuncios

Siempre he sentido mucha envidia por el protagonista de esta canción de Serrat. Y bueno, la frase que da título a esta entrada, ¡Oh, mis queridas lectoras!, me hace sentir muy bien. Ni qué decir de la música.

De cartón piedra.

Era la gloria vestida de tul
con la mirada lejana y azul 
que sonreía en un escaparate 
con la boquita menuda y granate 
y unos zapatos de falso charol 
que chispeaban al roce del sol. 

Limpia y bonita. 
Siempre iba a la moda. 
Arregladita 
como p’a ir de boda.

Y yo, a todas horas la iba a ver 
porque yo amaba a esa mujer 
de cartón piedra 
que de San Esteban a Navidades 
entre saldos y novedades 
hacía mas tierna mi acera.

No era como esas muñecas de abril 
que me arañaron de frente y perfil. 
Que se comieron mi naranja a gajos. 
Que me arrancaron la ilusión de cuajo, 
y con la presteza que da el alquiler 
olvida el aire que respiro ayer 
y juega las cartas que le da el momento. 
Mañana es solo un adverbio de tiempo.

No. Ella esperaba en su vitrina 
verme doblar aquella esquina… 
Como una novia, 
como un pajarillo pidiendome…
libérame, libérame… 
y huyamos a escribir la historia.

De una pedrada me cargue el cristal
y corrí, corrí con ella hasta mi portal. 
Todo su cuerpo me tembló en los brazos. 
Nos sonreía la luna de marzo. 
Bajo la lluvia bailamos un vals, 
un, dos, tres… un, dos, tres… 
todo daba igual,
y yo le hablaba de nuestro futuro 
y ella lloraba en silencio… os lo juro.

Y entre cuatro paredes y un techo 
se reventó contra su pecho 
pena tras pena. 
Tuve entre mis manos el universo 
e hicimos del pasado un verso 
perdido dentro de un poema.

Y entonces llegaron ellos. 
Me sacaron a empujones de mi casa
y me encerraron entre estas cuatro paredes blancas,
donde vienen a verme mis amigos de mes en mes…,
de dos en dos…
y de seis a siete.

Joan Manuel Serrat.