Muchos años después, frente al monitor de su computadora, el que aquí les escribe había de recordar aquella remota tarde en que él se encontraba en uno de tantos velorios a los que su tardía llegada a su familia le haría asistir…

Así es; en mi vida he asistido a más velorios que a bodas, bautizos, primeras comuniones y confirmaciones juntos. Eso no hizo sino que pronto tomara conciencia de lo trascendente que es la muerte para nuestra gregaria especie.

Todo comenzó con la enfermedad y muerte de mi abuela materna. Fue durísimo. Creo que, comparativamente, es el único hecho en mi vida que ha sido un hito. Todo lo mido como antes o después de su partida. Luego vinieron muchas muertes más, muchas muy dolorosas.

La muerte, y nuestros muertos, es algo que nos marca mucho más fuertemente que a otras especies. Para los citadinos como yo es aún más marcado pues no participamos del cotidiano matar para comer; aunque los noticiarios nos informen día con día de largas listas de accidentados, asesinados y demás.

La pérdida de un ser cercano conlleva, como consecuencia, varias experiencias interesantes. En la comunidad católica, y en la judía (así como en otras tradiciones), representa un largo período de duelo acompañado de un sinnúmero de ceremonias que parecieran estar encaminadas en parte a calmar el dolor pero también a exacerbarlo.

No contentos con eso, hay personas que requieren de ver físicamente a su difunto para ayudarse, presuntamente, con su dolor. Cuando murió Carol Wojtyla hubo una ceremonia majestuosa…de cuerpo presente. El cuerpo no estaba en una discreta cajita; tampoco estaba en una caja señorial. Los restos mortales del sumo estuvieron posados sobre una tabla, visibles por propios y extraños; más por extraños que por propios. No debemos olvidar ejemplos de quienes han sido disecados y expuestos por años para asombro de muchos.

Yo digo, ¿qué necesidá?

…Estaban él y su tío Ramón platicando plácidamente en el funeral de una sobrina carnal de Victoriano Huerta cuando el hermano de la difunta (y cuñado del tío) se acercó a ellos. No fue para menos el susto de ambos cuando se vieron llevados a la fuerza —esa maldita fuerza que enseñan las ‘buenas costumbres’— a acompañar al hermano de la difunta ante el féretro. Huelga decir todo lo no dicho con palabras pero expresado con profundas miradas entre el tío y el sobrino mientras el hermano de la difunta alababa lo hermosa y en paz que se veía la mentada (y esperamos que por fin en paz) difunta viejita.

Déjenme repetir: ¿qué necesidá?

Ya lo decía mi abuelita materna: “Muerta Jacinta, que la entierren”.

—a la memoria de Ramón Lavara.

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