mayo 2007


No estoy muy seguro de cuál fue la situación traumática de mi infancia (quizá la muerte de mi abuelita materna), pero muchas cosas de mi infancia quedaron en un cajón cuya llave aún no vuelvo a encontrar.

Quizá no fue un cajón, sino varios. Algunas cosas no se guardaron bien. Una de ellas es la música pop de la década de los ochentas.  Tengo mis teorías acerca de porqué dicho género musical lo tengo tan grabado en la mente, pero no vienen a cuento. Ahora las escucho con alegría; con esa alegría que da recordar una época.

Siempre he sido poco hábil para recordar títulos, intérpretes, etc.; sin embargo, nomás comienza la música y puedo cantar a la par. O al menos puedo tararear la melodía. Me parece maravilloso cómo una canción, un aroma, un detalle mínimo pueden hacer que toda una experiencia regrese a mi memoria con la mayor claridad.

Hoy recordé a Sasha Sökol (creo que ya se deshizo del umlaut); no fue un recuerdo espontáneo, me la recordó una entrevista. Entonces, gracias al youtube me puse a escuchar y ver algunas de sus canciones.

En efecto recordé la letra y Sasha me recordó algunas cosas de mi niñez y noté un parecido (que seguro todos dirán que no es verdad) entre ella y una Melisa amiga mía. 

Si, minutos antes de ver la entrevista, me hubiera preguntado la paciente lectora qué canción que Sasha cantara recordaba yo, hubiera yo dicho que ninguna. Si en su lugar me hubiera preguntado quién cantaba ‘Rueda mi mente’ mi respuesta hubiera sido muy similar.

Es más, ahorita ya no me acuerdo cómo va la letra.

Aquí el videíto, mismo que no recuerdo haber visto en su momento:

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El asunto del bien y del mal es un problema grande. No estoy aquí para decidir si siquiera es importante o si es algo que tenga sentido ser planteado ontológicamente. Toda la discusión sobre la realidad me tiene muy preocupado y me confieso francamente incapaz de abordarla. Empero pareciera que sí hay un marco absoluto subyacente o por lo menos una delusión colectiva localmente constante (o al menos localmente de variación acotada).

Desde mis primeros años en la escuela —y supongo que esto no es privativo de mi escuela, ciudad, país, comunidad vernácula—me enseñaron, no sin vehemencia, las reglas y las leyes. En particular las normas ortográficas y gramaticales del idioma al que me tocó nacer.

Como es casi casi natural, sucedieron algunas cosas: Pronto descubrí el asunto este de la forma y el contenido que creo haber discutido ya antes. Esto lo descubrí yo sin que alguien me lo dijera. ¿Apelaron mis instructores al huidizo sentido común?

Lo que sí fue materialmente insertado en mi cerebro fue una idea clasista del idioma. Tan profunda fue la marca que llegué a olvidarlo. Hablar y escribir bien fue un símbolo de superioridad cultural, intelectual y —para colmo de males—social. Era, secreto a voces, la nueva nobleza. En un tenor similar está el purismo lingüístico. La aversión visceral a los términos provenientes de otras lenguas.

Pero, gracias a todos los cielos y a Sus Majestades Españolas, fue comisionada la Real Academia Española. Su misión: ser guardianes del santo idioma. Su lema: Limpia, fija y da esplendor (¡Seriedad!, queridas lectoras). Su verdadera misión es censurar y decidir qué palabras han de ser. Qué bueno que la RAE exista y qué bueno que los seres humanos somos como somos de irreverentes y rebeldes. Los extranjerismos, lejos de mermar, alimentan. Los errores ortográficos ilustran. Y la comunicación será siempre tan riesgosa con o sin reglas gramaticales u ortográficas.

Feral es un ejemplo de resucitado. Según el DRAE significa cruel, sangriento (y aclara que está en desuso). Según otros diccionarios ya ni existe. La palabra que le sustituye tanto en significado como etimológicamente en español es fiero.

En terminos científicos ha sido rescatada de su olvido con el significado de aquello que vuelve a lo salvaje o que ha sido privado de lo humano. Sinónimo es por ejemplo cimarrón, en el caso de animales. Pero feral tiene la ventaja de ser más general y abstracto. Se puede decir que una niña feral es aquella que ha sido privada del trato con la sociedad y cultura humanas desde temprana edad por causas diversas (extravío en el bosque, aislamiento intencional de sus padres, etc). Mientras que niña cimarrona quizá solo signifique que se perdió en el bosque o que se escapó.

Esta acepción del término es un anglicismo.

¿Mueran esos herejes y viva la Real y Católica Lengua Española!

“Tú eres hombre y me defenderás, y aunque no fuera por eso, me voy contigo, porque te quiero, y acabóse.”

– Luz a Juan. Manuel Payno. Los bandidos de Río Frío, Capítulo L.

Finalmente terminé de leer la —como el propio autor describe—”incababable novela de Los bandidos de Río Frío”.  Con sus “más de dos mil páginas que habrán fatigado, más que a mí, al más sufrido y paciente de mis lectores”—como bien dice el autor—, fue una proeza también para mí leerla de cabo a rabo.

Comencé la lectura por curiosidad; pero más importante, la comencé por compromiso. Un compromiso de aquellos que me gusta tomar: del tipo que se catalogan fácilmente como “aunque me cueste la vida”.  No es que me guste la aventura o que sea yo valiente o intrépido; es tan solo que estoy siempre propenso a seguir lo que me dicta mi corazón. Esa es mi debilidad mayor.

Como me ha pasado con anterioridad en mi vida de fallido lector, leí varias veces las primeras páginas de la obra por haberla abandonado. Atribuyo esto a dos cosas: soy un lector ingrato, la primera. La segunda es que siempre me ha sido muy difícil acoplarme al formato de la Editorial Porrúa en su colección “Sepan cuántos…”.

De las muchas manías que tengo —algunas de las cuales habrán ya adivinado mis queridas lectoras (si no es que las sabían desde ende nantes)—, una que he desarrollado más intensamente a últimos tiempos es una moderada [sic] aversión a cualquier cosa que pueda revelar secretos de una obra, previo a que yo me interese por ella. ¿A qué diablos me refiero? Ejemplo: los cortos de las películas. Me gusta ver el título y acaso el póster. Estos tienen la virtud de dar una idea de la trama y de la jocosidad presente o no de los autores de la película. Me gustan las sorpresas. Los cortos suelen dar demasiada información para mi gusto (y he aquí el meollo de mi manía), así que suelo tratar de evitarlos (cosa que es materialmente imposible, pero en fin).

La misma afición al misterio tengo, naturalmente, a propósito de cuentos y novelas. Suelo dejar el prólogo para cuando termino la lectura de la obra.

Dicho se de paso que lo mismo me ocurre en la escuela. Conozco mucha gente (y les funciona bien) que estudian la lección antes de ir a clase y, así, siempre tienen preguntas acertadas y precisas. A mí me gusta que el profesor me asombre con su clase: reír de alegría cuando adivino lo que dirá, padecer la angustia de no entender y preguntar cosas elementales y, claro está, asombrarme de lo lindo cuando la consecusión lógica concluye en resultados no sospechados por mi ingenua intuición. Fatal error con L.K.

La lectura de “Los bandidos…” fue larga y dolorosa. El formato hace que uno lea y lea y lea y la numeración de las páginas avance lentamente.  Uno quizá no deba de leer con prisa (ni intentando que la maldita lectura se termine lo más pronto posible), pero siempre me sucede que me emociono con ella y en ocasiones quedo hasta altas horas de la noche leyendo. Es entonces cuando se vuelve un consuelo ver que se avanzó; esto no sucedió.

Fue larga y dolorosa la lectura pero la disfruté a cada instante. Desde pronto descubrí que más que una novela era como escuchar a un viejito con memoria de elefante contar una historia sin fin a sus siempre dispuestos nietos. Y yo asumía feliz (?) dicha condición de nieto curioso. Y es la curiosidad otra de mis manías.

Esta novela, si acaso eso es, está que ni pintada para el que aquí les escribe. Hace minuciosas descripciones de la Ciudad de México de mediados del siglo XIX. Me encantó adivinar lugares y cosas que no han cambiado, así como las tantas cosas que sí y no precisamente para mejorar. Eso sí, sus descripciones pueden llegar a ser ad náuseam.

Por otro lado, descubrir que el lenguaje mexicano no ha cambiado tanto en este siglo y que muchas de las frases y refranes ya existían desde entonces; para un maniático de las palabras como yo (aunque me confieso no malo sino maleta), fue bastante agradable.

El prologuista —al que leí cuando hube terminado la inacabable— dice cosas muy similares a lo que yo acabo de decir (salvo lo referente a mis manías) y agrega otras más. Dice, en pocas palabras, que la prosa y el estilo, así como el vocabulario (aunque plagado de mexicanismos), son pobres y sin mucho chiste. Más es el valor per se de las minuciosas descripciones de las costumbres y demás del México de aquel entonces, haciendo una verdadera descripción fotográfica de ese México. 

Y sí. Quizá el estilo y la prosa son en efecto las mismas de quien a toda prisa toma dictado del viejito platicador; quizá sí. Pero para quien no es tan exigente (pidiendo solo cosas de los grandes escritores de todos los tiempos) y puede disfrutar un relato, por más burda que sea su composición—y espero por todos los cielos que esto describa a la mayoría de las personas—, es un cuento apasionante y agradable.

Si esto fuera una receta de cocina diría: Se recomienda leerlo a fuego lento, como fue escrito originalmente: como una novela por entregas. Es decir, léase un capítulo por sesión.  Yo sé que esto es imposible y me alegro de que esto no sea una receta de cocina.

Hasta aquí mi perorata.

Bon appetit!

 ———Edición 21 de mayo de 2007——-

El jalón de orejas no se hizo esperar. Ya me regañaron y me dijeron que mí descripción deja mucho que desear de la novela.

¡Claro!
1. No me gusta que lo que digo en mi blog sea demasiado largo. Y ya estaba también hablando de mis manías.

2. PRECISAMENTE por mis manías, no dije más de de qué se trata el libro. Ya dije bastante con que hace una descripción fotográfica de México (quizá omití decir que no solo fotografía lugares y refranes, sino a los ingratos que viven en esos lugares y dicen esos refranes). Lo demás es para que la lectora potencial del libro pueda llevarse las mismas sorpresas que yo; digo, es una novela y como todas las novelas TIENE UNA HISTORIA (o muchas).

El león cree que todos son de su condición y por lo tanto sigue la máxima de “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”.

Espero que no esperes que te espere después de mis veintiséis.

—Shakira