noviembre 2007


Cuando le comenté a mi amigo Ari que yo juzgaba importante conservar la diversidad lingüística, él me preguntó por qué. Según él era suficiente que los seres humanos nos comunicáramos; sin importar de cuántas manera distintas.

Yo le contesté que en efecto la comunicación humana es muy importante (aunque diste mucho de ser perfecta); pero que había mucho más detrás de cada lengua. Que cada lengua conllevaba una manera particular de interpretar al mundo; que subyacía una riqueza cultural que más que callarnos nos permitía complementar las distintas versiones.

Cada día estoy más convencido de que las diferencias culturales (y en consecuencia lingüísticas) son más profundas de lo que cotidianamente se cree. (Aunque también hay más similitudes culturales de las que en ocasiones se estima, como nos lo demostró la anécdota de Paola.) Mi experiencia viviendo en otro idioma y en una cosmovisión diferente a la de en la que fui criado (sin olvidar que soy particularmente maniático a la hora de buscar similitudes y diferencias), me lo confirma. Llevo ya varios años viviendo en otro idioma y sigo sin sentirme plenamente a gusto comunicándome en él.

Pero la vida no deja de ser como la pinta García Márquez. No deja de ser gracioso que mientras un monarca no tan democrático quiera callar a un presidente razonablemente democrático (y ambos salen ganando en su popularidad), los últimos dos hablantes de zoque de Ayapán estén enojados entre sí y ¡¡NO SE HABLEN!! (Cf. 1, 2)

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Ya bien sabido es por mis queridas lectoras que escribo lectoras y no lectores para referirme a quien —hipotéticamente— leen esta blog/bitácora/pensadero.

Ahora bien, el siglo fue más que nunca el siglo de los -ismos. Desde los impresionismos del antepasado y pasando por toda la fauna multicolor por todos conocida.

Uno de estos movimientos —sin duda uno de los más beligerantes— es el feminismo. No voy a dar cátedra sobre él puesto que soy un lego y no es siquiera mi intención darla. Un movimiento paralelo ha sido el gay. Si bien es cierto que ambos siguen su propio camino y persiguen sus propios fines (¿cómo traducir la palabra «agenda» del inglés al español?), tienen un particular punto en común.

Ya tuvo México al menos un presidente que se empeñó (o se empeñaron quienes le escribieron sus discursos) en distinguir entre compatriotos y compatriotas. Otro claro ejemplo son los discursos del sub Marcos, en palabras (no exclusivas suyas, sino cada vez más comunes) como: estudianta, presidenta, ayudanta, sirvienta, etc.

Creo alguna vez haber dicho que todas esas palabras estarán muy bonitas pero que yo no las aceptaría; al menos no mientras la gente no usare la palabra siguienta. Ya en círculos más pedantes se ha discutido el uso del adjetivo «un».

Reiré con ganas el día que los masculinistas decidan finalmente organizar el contraataqué —provocando seguramente no menos de un infarto en la histérica comunidad purista— y llegue el día en que tegamos estudiantos, presidentos, ayudantos, sirvientos, etc.

Trataré de pensar en algo más interesanto para mi siguiento post.