enero 2008


Del mismísimo cementerio de Horacio, Traveller y Talita…

O del obsesionario de Víctor Francés…

Buscando la palabra affair en inglés, misma que no sabía bien cómo escribir —como nunca sé escribir palabras que lleven letras repetidas salvo en español y eso sólo a veces—, la escribí como affaire y vi que me había equivocado de idioma.

Una vez hecha la conexión con el francés, decidí ir a buscar al  infame/célebre DRAE la hipotética palabra «afer», nomás por uebos.

Chin y que sale la palabrita. y con el significado:

afer.
(De fer).
1. m. desus. Negocio, quehacer. Era u. m. en pl.

Tons buscamos  «fer» ya entrados en gastos y:

fer.
1. tr. desus. hacer.

Muy bonito, muy bonito. Lástima que no traiga alguna conjugación sugerida para este verbo (Yo feo, tu feas, el fea?).

Anuncios

A mí siempre me ha gustado mucho mirar (y quienes me conocen dirán que no solo mirar sino también escuchar conversaciones ajenas). Me agrada mirar gente; hombres, mujeres, niños, parejas, viejitos, grupos de amigos, pleitos [maritales] públicos, más un largo etcétera. En ocasiones me resulta difícil dejar de hacerlo. Supongo que el ejemplo obvio es si estoy mirando algo particularmente interesante (personas atractivas, etc). No digo que sea yo muy observador; más bien soy bien metiche.

En consecuencia me gusta mucho ir a lugares razonablemente concurridos; incluso si estoy estudiando —cosa que sucede muy de vez en cuando— me gusta hacerlo en lugares concurridos (con gente desconocida). Creo que estoy pensando en cafés, librerías, etc. También necesito un poco de ruido, por lo que las bibliotecas no suelen estar en la lista.

Hará cosa de un mes, en la fila del aeropuerto para entrar formalmente a mi país (cortesía de un sellito en el pasaporte), me dedicaba a este pasatiempo mientras avanzaba lentamente. En eso que veo a una chava que me llamó la atención.

(Aquí podría serme uebos aclarar a qué me refiero con ‘llamar la atención’; pero excusatio non petita, accusatio manifesta. Así que callaré.)

Un segundo después reparé en el detalle de porqué me había llamado la atención la susodicha: su cara me era profundamente familiar. Dos segundos fueron suficientes.

Era Ximena Sariñana.

Obviamente, cuando uno encuentra a un personaje famoso se vuelve más difícil aún dejar de mirar. En consecuencia, hice un esfuerzo por parecer normal y me puse a revisar que trajera todos mis documentos migratorios en orden y listos. No tuve fuerza de voluntad.

Cuál fue mi sorpresa al voltear a verla y ver que ella me miraba fijamente. Tímidamente dejé de mirar. La escena se repitió varias veces. Fue una experiencia nueva sentirse observado. No me quedó claro si mi miraba como quien mira a un mico, a un monstruo u qué. Lástima que el que escribe siempre ha sido tímido y que ya no la encontré pasando migración.

Aún no sé si le hubiera pedido un autógrafo o su teléfono, ja ja [iluso].

…por quien compré “El amor en los tiempos del cólera” hace casi doce años (también fue por ella que empecé a escuchar a Ricardo Arjona, pero ese es otro cuento). Siempre he sido un empedernido comprador de libros y no tanto así lector. Leo, pero muy lentamente. Suelen darme rachitas en las que compro cuatro o cinco libros a la vez y no los leo sino hasta mucho tiempo después (incluso años, como ya se vio).

Hará cosa de dos meses surgió dicha novela en una conversación (ahora ya perdí el candor y supongo que fue porque recién se estrenaba la película homónima aunque en su momento ni me enteré) y yo recordé que aún estaba en mi lista de pendientes.

Finalmente lo leí.

Alguna vez escuché que Gabriel García Márquez dijo que después de escribir “Cien años…” todo le sabía/olía a Macondo. Que era como una especie de maldición. Si bien es cierto que el Gabo tiene su estilo propio y claro, también es cierto que yo también solía identificar ese estilo con Macondo (era más bien una de esas cosas que uno cree sin justificación y tarda mucho en reparar en el engaño).

Hace unos meses releí “Cien años…” y disfruté mucho descubriendo detalles que antes no descubrí —como cuando menciona a Rocamadour y su trágico fin. Ahora, teniendo fresco a Macondo en la mente, leí con otros ojos “El amor…” y disfruté aún más su estilo. Me gusta que el narrador es omnisciente pero en ocasiones deja de estar tras bambalinas (aunque muy sutilmente). También me gusta cuando descubro mensajes crípticos como el antes mencionado. Son cosas que son parte de su estilo. Pero ahora sí sentí que el narrador era otro diferente al del “Cien años…” y eso fue bueno.

En cuanto a la historia, huelga decir que me sentí profundamente identificado con los personajes y un poco con su historia. Con Florentino Ariza me identifiqué muchísimo, aunque no en todo (quizá tengo su fuerza pero no su inteligencia)… Pero no soy ningún[sic] crítico literario, por lo que ni siquiera lo intentaré—y luego me regañan (además de que tengo otras cuitas que ya luego les platicaré, ¡oh queridas lectoras!).

Bueno, ya cumplí con ese compromiso personal y puedo darle las gracias tardías a Mayra. Sé que ahorita era el momento justo para leer “El amor…“. Pero bueno, eso solo puede saberse a posteriori; así que mejor me callo.

¿Cuál será el siguiente libro que me ha estado esperando pacientemente?