Como ya he dicho antes, la pérdida —el duelo— es para mí un sentimiento bien conocido (Como ya lo dije aquí, hace dos años justos). Afortunadamente tengo también una gran pasión; una que me acompaña doquiera que voy. Y de no ser por ella, la vida me sería aun más difícil.

Pero es que a pesar de ello, la muerte no deja de tomarlo a uno por sorpresa. No por haberla experimentado ya muchas veces —y desde muy joven— dejo de sentirla; afortunadamente no me he vuelto insensible.

Un amigo, mi hermano, alguna vez me dijo que no era verdad que uno nunca se acostumbra a la ausencia (¡y miren que él bien que la experimentado!), que sí llega el momento de la aceptación. Yo no estoy del todo seguro. La pérdida es lo que es y uno sigue vía; no lo niego. Pero, como una amiga me dijo alguna vez, es como si a uno se le hubiera caído un pedacito de cielo: Puedes disfrutar la vida, el cielo azul, mas no dejas de notar ese trocito de cielo que ya no está; ese espacio vacío. Aún recuerdo cuando ella me dijo esto. Yo pensé que exageraba y que era muy fatalista; con el tiempo he llegado a entenderla y quizá también a comprenderla.

Esto me lleva seguido a aquello del «veinte», como versa el conocido refrán –de corte telefónico—mexicano. Uebos es que dicha histórica monedida de cobre caiga y caiga bien caida [sic], para que la comunicación (la comprensión) sea plena. Para que esa brecha se cierre…

Siempre he creído que la comunicación es el milagro por antonomasia (aunque rara vez sea reconocido como tal). La comunicación entendida como comprehensión, como la internalización última. La monedita cae, no hay duda; pero no es claro el porqué. Y esto lo vivo a diario: yo vivo de filosofar y la verdad es escurridiza; es una musa tímida, quizá la más. Mejor lo han dicho ya quienes tienen mejor relación con la lengua; no está en mí más que sentirlo y saberlo.

Quizá también por eso me gustan tanto ciertas parte de la letra de la siguiente canción de Pablo Milanés.

La muerte.

La muerte de un solo día,
la muerte que es muerte y vida,
la muerte que con su forma
se proyecta en espiral,
la muerte que me hace andar.

La muerte que es bienvenida,
la muerte de un gran momento,
la muerte que llevo dentro,
la muerte que llega sólo
como un punto de partida.

La muerte entre ochenta y dos,
la muerte de veinte mil,
la muerte vive entre doce,
nunca temiendo morir,
la muerte para vivir.

(A la memoria de Emma Mancera)

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