memoriam


¿Qué es es el exilio? Acaso es el distanciamiento voluntario de lo propio; el distanciamiento del hogar, si es que el hogar es algo que se puede considerar como propio. El término suele asociarse con la distancia física del origen, de aquello con lo que se nació; acaso no es más que la brecha psicológica y ficticia de la llamada «zona de confort». Aunque es posible que el concepto requiera la coerción externa, la expulsión.

Sea cual fuere la noción fundamental —por no decir «correcta»—, la verdad es que la distancia es una buena fuente de entendimiento, comprensión y aprendizaje.

Si algo he ganado en estos años de exilio es algo que puede bien asociarse con una pérdida, más que con una ganancia. He perdido la  presunción de lo así llamado «normal»; manifiesto en la tranquilidad lingüística. Recién desembarcado no sabía cómo expresarme; acaso sabía a la perfección las más estrictas normas gramaticales —no esperarían menos de mí vuesas mercedes— mas carecía del más elemental bagaje cultural; así como carecía también del vocabulario.

El choque cultural se dio en ese plano. No me fue difícil incorporarme en la parte profesional, puesto que el dialecto era común; pero las formas tenían más peso que el contenido. ¡Alabado sea Garrick-Marmolejo!

Yo siempre fui consciente de mi timidez, pese a que la gente siempre intentó convencerme de lo contrario. Pero lo que ocurre es que la mía no es la usual; era de la que, consciente de sus capacidades y defectos, maximiza los segundos y nulifica los primeros. El fingimiento, en mí, ha sido aprendido, no natural. Soy tímido en cuanto a mis sentimientos, aunque puedo ser mordaz en cuanto a mis pensamientos. Comenzar una conversación nunca fue problema; continuarla a sabiendas de que el contenido sería nulo sí lo era. Ahora, al escribir estas líneas, se me ocurre que el jucio de nulidad antes citado no es más que esa profunda inseguridad que yo llamo timidez. Para terminar la idea: si dicha inseguridad es lo que la gente llama «timidez» y la extroversión se reduce a la audacia de mentir, entonces prefiero mi timidez a la hipocresía. Más vale una vida de aprendizaje que una de pretensión.

Una vez aclarado [sic] ese punto, uebos es decir que el tiempo es buen amigo. Al final, pasadas las tormenas, logré alcanzar cierto nivel de confianza. Ahora me comunico casi sin demasiado problema; valdría la pena preguntarle a la gente si mi comunicación es el producto de una traducción inconsciente o si es (salvo por el acento) indistinguible de alguien con una formación equiparable pero local. Más aun, pese incluso a mi inmanente neurosis lingüística, ahora tengo dificultades para reconocer aquello que es un barbarismo de lo que no nunca lo fue. ¡Penitenziagite!

Salvatore, en su esquizofrenia, aún puede enseñarnos algo. La diversidad no es más que la contraposición al rigor, al establishment. De no ser por la libertad no habrían evolucionado las lenguas romances, en su amalgamamiento con las lenguas celtas, nórdicas y arábigas. El milagro de la comunicación se da por la virtud humana de improvisar. ¡Pero —afortunadamente— la forma también es contenido!

Gracias a los puristas, la lucha entre la tradición (el rigor) y la libertad es frontal y plena. Gracias a eso se preservan las estructuras y el vocabulario ancestral y se les contrapone con las nuevas tendencias. Es posible así que se preserve lo sólido y se deseche lo guango, lo huero; así como que se distingan valores locales frente a la frialdad de lo milenario y universal.

Así, y en lo personal, mi infiernito (al que Omar Antolín tuvo a bien a resumir en la frase “Menos mal que el cerebro del Charo lo tortura tanto como él nos tortura a nosotros”) no es tanto un infiernito como pensaría la dispistada lectora. Desde siempre, entre mi madre y mi abuelo materno —quien ahora descansa en la memoria de quienes lo quisimos tanto—me inculcaron el valor de la duda. Preguntarse el porqué o la definición de las cosas fue siempre tema común. A la mesa siempre nos acopañaron, a la hora de la botana y el trago, los múltiples diccionarios y las discusiones lingüísticas. Entre su afición a la lectura, los diccionarios y los crucigramas, mi abuelo —acaso sin saberlo— me inculcó el deseo de aprender, el que la verdad siempre se oculta y gusta de ser buscada.

La crisis cultural no fue solamente gramatical. Aunque la influencia gringa ha sido brutal en México (y ahora lo sé mejor que antes), la diferencia la he notado más en cuestiones sociales: saludar de mano, los abrazos, los besos, los horarios, las costumbres en general.

Mucha gente me ha preguntado a propósito de la muerte de mi abuelo la pregunta que da título a esta entrada. ¿Eran cercanos? Y mi respuesta ha sido siempre un sí, sin más reparo. Un sí que se queda corto en su alcance. Claro que éramos cercanos, ¿cómo puede no serse cercano a un abuelo? ¿es posible llegar a la vida adulta sin haber convivido plenamente con los parientes más cercanos? Y sí, claro que se puede (y la vida está llena de trágicos ejemplos), la cultura gringa es particularmente fecunda en esto (y más tristemente porque no ha menester llegar a los trágicos ejemplos del comentario parentético anterior). La mía no.

Nunca dejaré de ser mexicano; nunca dejaré de sentir lo que siento por mis ancestros, por mis vivos y mis muertos. No podrá la distancia hacerme olvidar cuanto soy y cuanto siento.

Esto sí que lo he aprendido en el exilio.

a la memoria de Don Ricardo Lucas (III), quien vivió como todos deseamos vivir.

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Como ya he dicho antes, la pérdida —el duelo— es para mí un sentimiento bien conocido (Como ya lo dije aquí, hace dos años justos). Afortunadamente tengo también una gran pasión; una que me acompaña doquiera que voy. Y de no ser por ella, la vida me sería aun más difícil.

Pero es que a pesar de ello, la muerte no deja de tomarlo a uno por sorpresa. No por haberla experimentado ya muchas veces —y desde muy joven— dejo de sentirla; afortunadamente no me he vuelto insensible.

Un amigo, mi hermano, alguna vez me dijo que no era verdad que uno nunca se acostumbra a la ausencia (¡y miren que él bien que la experimentado!), que sí llega el momento de la aceptación. Yo no estoy del todo seguro. La pérdida es lo que es y uno sigue vía; no lo niego. Pero, como una amiga me dijo alguna vez, es como si a uno se le hubiera caído un pedacito de cielo: Puedes disfrutar la vida, el cielo azul, mas no dejas de notar ese trocito de cielo que ya no está; ese espacio vacío. Aún recuerdo cuando ella me dijo esto. Yo pensé que exageraba y que era muy fatalista; con el tiempo he llegado a entenderla y quizá también a comprenderla.

Esto me lleva seguido a aquello del «veinte», como versa el conocido refrán –de corte telefónico—mexicano. Uebos es que dicha histórica monedida de cobre caiga y caiga bien caida [sic], para que la comunicación (la comprensión) sea plena. Para que esa brecha se cierre…

Siempre he creído que la comunicación es el milagro por antonomasia (aunque rara vez sea reconocido como tal). La comunicación entendida como comprehensión, como la internalización última. La monedita cae, no hay duda; pero no es claro el porqué. Y esto lo vivo a diario: yo vivo de filosofar y la verdad es escurridiza; es una musa tímida, quizá la más. Mejor lo han dicho ya quienes tienen mejor relación con la lengua; no está en mí más que sentirlo y saberlo.

Quizá también por eso me gustan tanto ciertas parte de la letra de la siguiente canción de Pablo Milanés.

La muerte.

La muerte de un solo día,
la muerte que es muerte y vida,
la muerte que con su forma
se proyecta en espiral,
la muerte que me hace andar.

La muerte que es bienvenida,
la muerte de un gran momento,
la muerte que llevo dentro,
la muerte que llega sólo
como un punto de partida.

La muerte entre ochenta y dos,
la muerte de veinte mil,
la muerte vive entre doce,
nunca temiendo morir,
la muerte para vivir.

(A la memoria de Emma Mancera)

Dos asuntos sin relación me detienen por aquí hoy. El primero es este artículo escrito por el autor de Palinuro de México metiendo su cuchara y sugiriendo algunas lecturas.

El segundo es lamentar el fallecimiento de La tartamuda. Los comediantes, cómicos u como deséese llamarles tienen un lugar muy especial en mi corazón.

Soy –como bien saben quienes me conocen– de risa fácil; bobo que le llaman. Y Don Miguel Galván me hizo reír y lamento que ya no me hará reír con nuevos chistes; sin embargo, confío que mi memoria no será tan ingrata.

Descanse en paz.

Pero la tierra siempre se mueve para todos. Y para algunos se mueve a veces demasiado fuerte.

Recado a Rosario Castellanos.

Sólo una tonta podía dedicar su vida a la soledad y al amor.

 

Sólo una tonta podía morirse al tocar una lámpara,
si lámpara encendida,
desperdiciada lámpara de día eras tú.

 

Retonta por desvalida, por inerme,
por estar ofreciendo tu canasta de frutas a los árboles,
tu agua al manantial,
tu calor al desierto,
tus alas a los pájaros.

 

Retonta, rechayito, remadre de tu hijo y deti misma.

 

Huérfana y sola como en las novelas,
presumiendo de tigre, ratoncito,
no dejándote ver por tu sonrisa,
poniéndote corazas transparentes,
colchas de terciopelo y de palabras
sobre tu desnudez estremecida.

 

¡Cómo te quiero, Chayo, cómo duele
pensar que traen tu cuerpo! -así se dice-
(¿Dónde dejaron tu alma? ¿No es posible
rasparla de la lámpara, recogerla del piso
con una escoba? ¿Qué, no tiene escobas la Embajada?)

 

¡Cómo duele, te digo, que te traigan,
te pongan, te coloquen, te manejen,
te lleven de honra en honra funerarias!

 

(¡No me vayan a hacer a mí esa cosa
de los Hombres Ilustres, con una
chingada!)

 

¡Cómo duele, Chayito! ¿Y esto es todo?

 

¡Claro que es todo, es todo!

 

Lo bueno es que hablan bien en el Excélsior
y estoy seguro de que algunos lloran,
te van a dedicar tus suplementos,
poemas mejores que éste, estudios,
glosas,
¡qué gran publicidad tienes ahora!

 

La próxima vez que platiquemos
te diré todo el resto.
Ya no estoy enojado.

Hace mucho calor en Sinaloa.
Voy a irme a la alberca a echarme un trago.

—Jaime Sabines.

Estoy contigo, Talita.

Muchos años después, frente al monitor de su computadora, el que aquí les escribe había de recordar aquella remota tarde en que él se encontraba en uno de tantos velorios a los que su tardía llegada a su familia le haría asistir…

Así es; en mi vida he asistido a más velorios que a bodas, bautizos, primeras comuniones y confirmaciones juntos. Eso no hizo sino que pronto tomara conciencia de lo trascendente que es la muerte para nuestra gregaria especie.

Todo comenzó con la enfermedad y muerte de mi abuela materna. Fue durísimo. Creo que, comparativamente, es el único hecho en mi vida que ha sido un hito. Todo lo mido como antes o después de su partida. Luego vinieron muchas muertes más, muchas muy dolorosas.

La muerte, y nuestros muertos, es algo que nos marca mucho más fuertemente que a otras especies. Para los citadinos como yo es aún más marcado pues no participamos del cotidiano matar para comer; aunque los noticiarios nos informen día con día de largas listas de accidentados, asesinados y demás.

La pérdida de un ser cercano conlleva, como consecuencia, varias experiencias interesantes. En la comunidad católica, y en la judía (así como en otras tradiciones), representa un largo período de duelo acompañado de un sinnúmero de ceremonias que parecieran estar encaminadas en parte a calmar el dolor pero también a exacerbarlo.

No contentos con eso, hay personas que requieren de ver físicamente a su difunto para ayudarse, presuntamente, con su dolor. Cuando murió Carol Wojtyla hubo una ceremonia majestuosa…de cuerpo presente. El cuerpo no estaba en una discreta cajita; tampoco estaba en una caja señorial. Los restos mortales del sumo estuvieron posados sobre una tabla, visibles por propios y extraños; más por extraños que por propios. No debemos olvidar ejemplos de quienes han sido disecados y expuestos por años para asombro de muchos.

Yo digo, ¿qué necesidá?

…Estaban él y su tío Ramón platicando plácidamente en el funeral de una sobrina carnal de Victoriano Huerta cuando el hermano de la difunta (y cuñado del tío) se acercó a ellos. No fue para menos el susto de ambos cuando se vieron llevados a la fuerza —esa maldita fuerza que enseñan las ‘buenas costumbres’— a acompañar al hermano de la difunta ante el féretro. Huelga decir todo lo no dicho con palabras pero expresado con profundas miradas entre el tío y el sobrino mientras el hermano de la difunta alababa lo hermosa y en paz que se veía la mentada (y esperamos que por fin en paz) difunta viejita.

Déjenme repetir: ¿qué necesidá?

Ya lo decía mi abuelita materna: “Muerta Jacinta, que la entierren”.

—a la memoria de Ramón Lavara.

An nochipa tlalticpac

¿Cuix oc nelli nemohua in tlalticpac Yhui ohuaye?
An nochipa tlalticpac: zan achica ye nican.
Tel ca chalchihuitl no xamani
no teocuitlatl in tlapani
no quetzalli poztequi.
An nochipa tlalticpac: zan achica ye nican.

“No para siempre en la tierra.

¿Acaso de verdad se vive con raíz en la tierra?
No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí.
Aunque sea jade se quiebra,
aunque sea oro se rompe,
aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí.”

—Rey Nezahualcóyotl.

(A la memoria de Antonia Bolaños)

(Una entrada breve)

Del anecdotario del tío Frank recuerdo el extraño caso de un mexicano (él mismo) regalándole un dulce tradicional de esta época (a saber Todos Santos/Día de muertos) a un amigo suyo. Este amigo es de nacionalidad brasileira.

 Huelga decir para aquellas que conocen esos dulcecitos de azúcar (¡Azúcar!) con cierta figura muy peculiar y con una etiquetita con el nombre del destinatario. Si la lectora no sabe aquí le explico con una imagen:

Deliciosos craneos de azúcar.

Así es, con forma de craneo: las calaveras de azúcar.

Al parecer al brasileño le pareció una broma de mal gusto (o así concluye su narración estraordinaria mi querido Tío). El Tío hubo de explicarle cuál es la visión de la muerte en nuestro querido país tropical.

Pero mi entrada es sobre muertos y panes: A pesar de la distancia, hoy me fue entrado un gran pedazo de tradición mexicana que planeo disfrutar al máximo: un precioso pan de muerto de la tradicional panadería El Molino.

Espero todo el año para comer este rico pan.

“De muerto” por el decorado con aspecto de huesos. 

¡Buen provecho!, Charito. 

Con este quiero hacer un homenaje a ‘mi comandante’ Filogonio, quien me cuidó de pequeño y que ahora ya se encuentra en ese misterioso mundo del más allá.

Pero, como dicen ‘El muerto al pozo y el vivo al gozo”: También con esto quiero enviar buenos deseos para una linda colombianita en un día importante de su vida.