Suelo leer varios sitios de noticias en línea. Uno de ellos es el de El Universal.

Hace ya casi cuatro años me sucedió algo curioso una mañana estival en la bella Madrid. El buen Frank, el Wassita y éste, su más humilde, servidor se encontraban en un lujoso hotel viendo una película.

Dicha película –probablemente Un novio para dos hermanas–, filmada en México con actores en su mayoría mexicanos en los años sesenta, fue previamente doblada al castellano (es decir al idioma ese que hablan los españoles que no hablan gallego o catalán o vasco o asturiano o etcétera sino castellano).

Ya sabía yo desde ende Nates que en España las películas extranjeras eran dobladas; pero… ¡me váis a decir–¡oh queridas lectoras!– que los oriundos de la madre patria no son capaces de comprender lo que los nativos de los otrora Reinos Castellanos de Indias escriben o dicen? Es decir que en la península ibérica no entienden ni jota de quien aquí os escribe (por más que quien aquí os escribe se esmera artificialmente en usar el vosotros que solo en dicha península es utilizado).

Creo que en parte el problema es no creer en el otro como fuente alternativa de creación o de información. Pero también creo que en cierta medida tiene sentido esa política gachupina. Los nativos no tienen porqué saber que los cubanos llaman papaya a lo que los argentinos llaman concha y que los mexicanos llaman papaya a una fruta deliciosa y concha a un tipo de pan.

En fin, como queja muy personal –puesto que a nadie interesa–, me pone los nervios de punta leer las notas que publica El Universal durante el día y descubrir que los encargados de publicarlas solo hicieron lo que mi queridísima Molly y yo llamamos la terapia control c control v de la respectiva nota publicada en la madre patria.

Estos compadres publican notas en un idioma que solo quienes hemos tenido algún contacto con el léxico de la madre patria conocemos. Supongo que lo importante es dar a conocer la noticia lo más pronto posible y si ya está en español cortesía de la agencia EFE, pues qué … importa si me avisa que Juan Luis Guerra canceló un concierto en Málaga o si Sir Fulandrejo de Tal y de Quémimporta donó tantas libras estelina (que entre paréntesis equivale a tantos más euros –aunque vaya vuestra merced a saber a cuántos pesos novohispanos eso equivalga) para curar a sus pares de la lujuria recalcitrante de los multimillonarios.

Supongo que en este ejercicio acabo de ver mis propias actitudes como reflejo de las de mis progenitores [históricos, culturales y peninsulares] y ahora puedo decir “¡cuánta razón tenías!” o cerrar el pico.

Creo que haré lo segundo.

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Ya en alguna ocasión me ocurrió que la comunicación SMS con Paz Álvarez devino en una serie de malos entendidos nada graves, pero malentendidos al fin.

No es que yo crea todo lo que se dice en internet (en particular no creo en lo que aquí se dice); pero sí creo que ciertas cosas son razonables.

Cuenta la leyenda que en Turquía sucedió recientemente un hecho digno de preocupación. Imaginemos por el momento que la mencionada leyenda es verdadera:

Una joven pareja se casó y luego de algún tiempo decidió separarse.

Hasta aquí todo suena.

Como muchas personas en la actualidad, parte de su conversación –en este caso discusiones– sucedió mediante textos enviados usando teléfonos celulares.

–Sigue sonando.

El idioma en el que se llevó a cabo la conversación es uno distinto del que tuvo en mente el diseñador de dichos mágicos aparatitos; en este caso todo sucedió en turco.

–OK.

Al calor de la discusión, el cuidado con el que se escribe disminuye.

–OK.

No hay acentos ni peculiaridades del turco, ej. İ, i; I, ı.

OK.

El exmarido escribe sikisince en lugar de sıkışınca.

OK., ya basta, ya entendí.

Bueno, pues el problema estriba en que la segunda es un reclamo y la primera es un severísimo insulto. Así que la joven exesposa le muestra a su padre el mensaje y éste riñe al exnuero, quien va a casa del exsuegro a explicar el malentendido. Ahí es recibido a cuchillazos (justo merecido por mancillar el honor familiar) y éste, en represalia, se fue sobre su exesposa también a cuchillazos. Los familiares de ella sólo lo hirieron pero él sí la mató. Cuenta la leyenda que luego él se suicidó después estando ya en la cárcel.

Al parecer, los familiares de ella ahora enfrentan cargos legales por intento de homicidio…

Yo no lo sé de cierto pero suena a que no estoy tan loco al ser medio obsesivo respecto a los acentos y demás tildes gráficas a la hora de escribir.

Good luck, Mr. Gorsky!

Claro está, la segunda parte del artículo de Fernando del Paso.

Si veis la imagen de esta liga y sois –quizá sos sea más adecuado– nativa del cono sur, os pido disculpas en nombre de mis connacionales.

Pensé en poner la imagen directamente de esta lado; pero leí las letras chiquitas que me lo prohiben.

Dos asuntos sin relación me detienen por aquí hoy. El primero es este artículo escrito por el autor de Palinuro de México metiendo su cuchara y sugiriendo algunas lecturas.

El segundo es lamentar el fallecimiento de La tartamuda. Los comediantes, cómicos u como deséese llamarles tienen un lugar muy especial en mi corazón.

Soy –como bien saben quienes me conocen– de risa fácil; bobo que le llaman. Y Don Miguel Galván me hizo reír y lamento que ya no me hará reír con nuevos chistes; sin embargo, confío que mi memoria no será tan ingrata.

Descanse en paz.

Hay casas que vienen con un sistemita recientemente implementado. Dicho sistemita tiene la peculiaridad de recibir mediante unos conductos lo que algunos periodistas –pobres, siempre teniendo que usar algún tesoro [¿tesauro?] para que sus textos, de otro modo a veces carentes de contenido, no suenen repetitivos– el vital líquido.

¡Ah!, pero lo olvidaba, dichos conductos tienen que estar juntados al sistema general de aguas que proporciona el gobierno local. Y no me hagáis entrar en detalles sobre la calidad del servicio de distribución del agua – de la agua.

De cualquier modo, una vez establecido el flujo salvador, uebos es ubicar las distintas terminales para que los felices habitantes de las mentadas casas puedan disfrutar de los aparentemente imprescindibles usos de tan apreciable líquido.

Dichos usos son de al menos tres índoles claramente distinguibles. El más banal de ellos es el de la limpieza de la casa, del vestido y de los trastos sucios que los niños odian lavar y que las madres parecen obsesionadas con hacerlo (o con hacer que los niños lo hagan).  Para satisfacer dicho uso es menester contar con una salida de agua y con un receptor de agua en el que se puedan poner también los objetos que han de ser lavados.

Nunca aprendí latín en la escuela. Reconozco palabras, pero la gramática nunca me fue enseñada; empero sí aprendí algunas frases que me dejaron ver que antes se hablaba con mayor precisión. Ave Cesar. Morituri te salutant. “Los que han de morir te saludan.”

En fin, dichos receptáculos vienen en varias formas y tamaños. Usualmente constan de dos cámaras, una para los lavandos, otra para los lavaturi. Si de vestimenta se trata, entonces las cámaras no son profundas y tienen un fondo rugoso para facilitar la friega.

Una característica común es un peculiar agujerito para dejar ir al bondadoso líquido que, ahora enmugrecido, escapa nuestra vista y nuestro interés; así como también escapa de la casas.

Los agujeritos siempre son útiles; pero en ocasiones son engorrosos, sobretodo cuando por culpa de un mal diseño son susceptibles de querer guardar cosas (ya pedazos de comida, ya botones, ya la monedita que alguno de los padres olvidó quitar de su camisa o de su pantalón). Esto es una calamidad puesto que el flujo de la mugre se ve entorpecido provocando en ocasiones odiosas inundaciones.

Afortunada o desafortunadamente, los trapitos son con creciente frecuencia lavados en unos aparatos misteriosos que hacen la friega por uno. ¡Alabado sea el hombre blanco y sus inventos!

El otro uso, un tanto menos banal, es el del lavado de los habitantes de las casas. Litros y litros son usados diariamente para este fin. Es necesario que perros, pericos y niños huelan a lavanda o a flor de naranja. Pero más importante aún es que dichos olores no vengan acompañados del caracterísco olor a queso rancio que ya nos dijo Grenouille que es a lo que olemos. Dientes y gónadas, orejas y barrigas, todo ha de ser lavado. Lavaturos. Para ellos usamos duchas, lavabos, bidés y bañeras. Y estos son variaciones de los objetos descritos antes. La diferencia es que solo constan de una cámara y que suelen ser más grandes (ducha, bañera, bidé) o más pequeños (lavabos). Los agujeritos cambian de tamaño y de preferencia. Prefieren ahora acumular pelo. Esa es su mayor pasión y debilidad.  Pero, ¡cuidado!, algunos modelos anticuados tienen salidas distintas para agua caliente y para agua fría, seguramente diseñados por optimistas que dijeron que si una mano se congela y la otra se ampula entonces en promedio se está bien.

Finalmente el tercer uso, el que dista de ser banal. El pináculo de la sociedad moderna y que da en parte título a esta discusión. Podría llamarles [llamarlos] por su nombre pero ya violé las normas sociales tabúicas una vez en el título y no quiero ahuyentar más a mis preciadas lectoras.

Dichos objetos vienen en distintas formas. Suelen parecerse a los bidés, pues ambos sirven para sentarse. El dimorfismo sexual humano se vuelve más evidente y es causa de interminables quejas por parte de las madres e hijas y de incomprensión y confusión por parte de padres e hijos.

Son objetos que provocan desde odio hasta idolatría (son llamados ídolos de porcelana en algunos círculos).  Sirvan para pagar el necesario tributo a Madre Natura. Vaya deidad que acepta tales cosas como pago por dejarnos vivir. El funcionamiento de dichos objetos está basado también en los ya omnipresentes agujeritos, tanto intrínsecos como extrínsecos. Tanto porcelánicos como humanos.

Tal es la veneración que provocan dichos objetos que se les rinde culto también fuera de las casas. Y es fuera de ellas donde se encuentra la mayor variedad de formas y tamaños, pero sobretodo de alturas. Y esto es lo más desesperante. Hay lugares donde al sentarse en los innombrables los pies quedan bien asentados sobre el piso, facilitando así la función de palanca que no describiré por no faltar al pudor y a las buenas costumbres; pero los hay en los que los pies quedan colgando y esto no es ni bonito ni funcional.

Dichos centros públicos de culto natúrico también exacerban el ya mencionado dimorfismo sexual. Unos primos cercanos a los innombrables son otros altares específicos para los machos de la especie humana. No podrían tener forma de árbol aunque algunos hombres tenga costumbres de perro; ello faltaría a la moral.

Los mingitorios u orinales –ya, basta de tabúes– son siempre una experiencia liberadora pero en ocasiones también requieren de habilidad equilibrista. Sobre todo en aquellos lugares designados para gigantes (como en el sótano de conocido centro de estudio de las artes matemáticas al sur de Washington Heights, donde se tomaron erróneamente en serio aquello de standing on the shoulders of giants).

Dichas variaciones dicen mucho de  la sociedad y de cómo quienes instalan dichos altares estan pensando en sus mujeres o en el fútbol o en la fregada deuda externa; pero no en lo que deberían.

Afortunadamente estas manifestaciones de libertad de diseño, instalación y uso, no solo son gratificantes en un plano filosófico y político, sino que también lo son en tanto que facilitan que solo los más aptos sobrevivan a las adversidades.

Si habéis llegado hasta este punto, seguro ya os habréis dado cuenta de que olvidé o de que he olvidado mencionar un uso del vital líquido que es, a todas luces, menos banal que los tres ya mencionados; pero no: la sed la saciamos comprando (y consecuentemente consumiendo) unas botellitas cuyo contenido viene en muchos colores, olores y sabores (incluyendo, claro está el incoloro, inodoro –pero no el innombrable– e insípido del agua potable) en la Miscelánea que Doña Chonita puso en la ventana de su sala que da a la calle o sus similares dispuestos por doquier.

Hace algún tiempo la Santa Sede (que no es lo mismo que El Vaticano –preguntadle a la Wikipedia) nos informó que tras larga y sesuda investigación se había llegado a la conclusión de que no existía el Limbo (palabras menos, [muchas] palabras más). A Juan Manuel le dió mucha risa imaginarse a las almas que habían estado flotando en el Limbo por tantos siglos súbitamente caer.

Ahora nos vienen con el cuento de que el infierno no es la hoguera que nos imaginamos; ni que el Príncipe de las Tinieblas es como lo pintan.

Resulta que el infierno sí es una heladera gigante; porque tiene más sentido sentir el frío de la falta de amor y del abandono… eso o que alguno de los eruditos en el Vaticano recordó el frenético aleteo del dantesco Satanás. (Que por cierto, como dicen una conocida blogstar, corran a ver esto.)

E quindi uscimmo a riveder le stelle.

Sirva esta entrada para informar a vuestras mercedes que Don Diego no será Don Diego más que en nuestros corazones.

Rectificamos pues e insistimos en dar la bienvenida (¿por qué no existirá el verbo bienvenir? Los diccionarios consultados sugieren acoger) a quien –parece que ahora sí definitivamente– será conocido bajo el insigne nombre (más menos algunos des e ys que lamentamos hayan caído en desuso) de:

Don Eduardo de Antolín y de De Gante y de Toronto

Y claro está que insistimos aún en felicitar a sus afortunados padres deseándoles no morir en el intento, así como ¡ya no cambiarle el nombre al muchacho!